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MAS JOVENES MARROQUIES EDUCADAS EN CATALUÑA ROMPEN CON LAS TRADICIONES DE SU PAIS

25 julio, 2009

Más jóvenes marroquíes, educadas en Catalunya, rompen con los dictados tradicionales de su país

“Madres e hijas ya forman un tándem contra el padre, que siempre se enroca”

Escribía el filósofo Ramin Jahanbegloo en su Elogio de la diversidad (Arcadia) que sin diálogo la diversidad es inalcanzable y sin respeto por la diversidad “el diálogo es inútil”. Pero ¿qué ocurre cuando el diálogo falta en el seno de la propia familia? En una familia marroquí, por ejemplo, ¿qué ocurre cuando Amina crece?

La mayor parte de las ciudadanas de origen marroquí empadronadas en Catalunya actualmente son niñas de entre 0 y 4 años. Inmediatamente después de esta última oleada, la franja más numerosa es la que incluye mujeres entre los 25 y los 29 años (10.626, según los datos del Institut Català d’Estadística) seguida por la de 20 a 24 años. ¿Qué ha cambiado estos dos últimos decenios? ¿Qué les espera a las mujeres de estas dos generaciones?

Amina, cualquiera de las Aminas que podamos imaginar, es una joven marroquí que ha crecido en Catalunya. Aquí ha sido educada, a la occidental, en la escuela, en el barrio. Pero al llegar a la adolescencia, parte de su familia quiere que siga las costumbres más arcaicas que han regido en su comunidad durante siglos. A saber: desde la posibilidad de un matrimonio de conveniencia hasta los imperativos estéticos, pasando por la prohibición de elegir según qué trabajo o la obligación de regresar a su país. Amina, nuestra Amina, Nadia o Fátima, se niega y ahí empieza la quiebra familiar. Una quiebra que, según sociólogos, sólo podrá sanar dentro de varias generaciones.

La oficina en Barcelona de la Asociación de Trabajadores Inmigrantes Marroquíes en España (Atime)considera que “eso ha cambiado algo en los últimos años, pero aún existen pugnas y desencuentros entre padres e hijos”. Ihsan, que trabaja allí, nos presenta a Meriem el Marji, una chica de 22 años. Meriem nació en el Sáhara Occidental, en Smara. Su padre trabajaba en el ejército y ella llegó a Catalunya con apenas 12 años.

Al principio, en la escuela fue durísimo: “El racismo que puede encontrarse una niña en un aula, a esa edad, resulta cruel. En una ocasión quisieron quitarle a mi hermana el pañuelo que llevamos en la cabeza y quemárselo, le decían que era calva y por eso lo llevaba, la rociaron con pintura de la cabeza a los pies”. Al día siguiente decidí ir sin pañuelo a clase. Meriem cursó ESO y Administración y Finanzas. Trabajó un tiempo en el Ayuntamiento de Sant Andreu de la Barca, donde vive, y tiene pensado preparar oposiciones.

Pero hace apenas un año Meriem volvió a colocarse el velo. Dice sentirse madura para defenderse de situaciones como las que se ha encontrado: “Al estrenar un puesto de trabajo en más de una ocasión me han exigido que me quitara el pañuelo. O me echaban. Decían que mi imagen representaba a la empresa”.

La antropóloga Marta Casas Castañé, de la Universitat de Barcelona, es autora de un estudio sobre Identidades de segundas generaciones de inmigrantes. “La identidad no es una cosa innata, ni única, sino que se va forjando a lo largo de nuestra vida –explica Casas– con nuestras experiencias y nuestros aprendizajes”. Estos jóvenes, pues, cargan con una identidad móvil –¿qué soy y qué quiero ser?, ¿de dónde vengo y adónde quiero ir?– y muchas de sus acciones son el resultado de adaptar la nueva sociedad en la que viven a las antiguas tradiciones de las que proceden.

Para la antropóloga, que coordinó el programa de la asociación sociocultural Ibn Batuta, resulta evidente que nuestra identidad individual no está formada por una sola pertenencia: “No somos sólo catalanes, o mujeres, o de clase media, sino todo a la vez. Eso nos lleva a hablar no de una identidad única, sino de varias identidades que cada uno de nosotros tenemos y que articulamos en función de cada momento”. Cuando un adolescente se enfrenta a esas distintas identidades es cuando estalla el conflicto con sus mayores.

Meriem piensa casarse con quien quiera. Al margen de la opinión de sus padres. “Ciertamente, en la cultura marroquí se montan bodas convenidas desde que una niña tiene, a lo mejor, 10 años. Conozco varios casos así. Aunque a ella le guste otro chico, el padre le dice: “Ni hablar, tú te casas con tu primo”. Pero yo ya no voy a pasar por eso. Mis padres han entendido que quien vivirá con esa persona seré yo, luego yo debo elegir”. Insiste en que, cuantos más años lleva una chica marroquí en Catalunya, mejor, porque significa que también esos años han hecho mella cultural en sus padres. “A más tiempo aquí, más entienden”. Le preocupan más las miradas xenófobas que las premisas familiares. “Porque contra las miradas de quien te prejuzga no puedes hacer nada. Con la familia ya sabes cómo batallar”.

Pero no siempre es así. Meriem conoce casos de chicas que se han alejado de sus familias. “Al final decides por ti misma en todo: es tu ropa, tu religión y tu marido”. Cree que va a acabar viviendo con un musulmán, “mis amigas que han formado parejas mixtas siempre han empezado de maravilla pero, pasada la luna de miel, se acabó: la religión los separa. No sale bien”.

Teresa Losada, presidenta de Bayt al Thaqafa, lleva 35 años trabajando en cuestiones de inmigración. Cree que habrá un cambio en un par de generaciones. “Hasta que la mayoría de emigrantes haya pasado por la universidad no podremos hablar de integración. Sólo de acomodación, de adaptación”.

Losada señala un fenómeno nuevo: la alianza entre madres e hijas. “Antes la chica se quejaba, la madre callaba y el padre decidía. En los últimos años estoy viendo algo distinto: madres e hijas marroquíes se alían, forman un tándem de complicidad, contra la rigurosa figura del padre, que siempre es quien se enroca, se encierra en su tradición. Para él cualquier cambio a la modernidad es de vértigo. Aliadas madres e hijas, ya no veo matrimonios forzados. Ya no son las chicas frágiles de antes y no se casan a los 16, se casan a los 25”.

Insiste en que no sólo las adolescentes han cambiado de perspectiva. “Los padres también cambian viviendo entre nosotros. Saben que si aspiran a la ascensión social deberán modificar conductas, o de lo contrario deberán volver a su tierra”. Actualmente, el principal desencuentro entre esas jóvenes y sus padres “no es el novio que se echen, sino que quieran estudiar en la universidad mientras los padres las instan a trabajar”.

La escritora Najat el Hachmi afirma que los padres también están cambiando. “He visto padres que aceptaban cosas que hace quince años habrían vivido como una gran tragedia, como que su hija tenga una pareja de aquí”. Los divorcios han aumentado, insiste, cuando el matrimonio es forzado, “por eso es una práctica que no se lleva a cabo ni en Marruecos, pero los padres siempre te instan a que busques un chico de allí, desesperados por conseguir que dirijas tu mirada hacia tu origen. Tienen miedo, saben que la sociedad de acogida nunca verá a sus hijos como iguales”.

También destaca El Hachmi que si la práctica de los matrimonios convenidos ha resucitado en los últimos años “es por la inmigración. Chicos y chicas tienen por objetivo traer más familiares de allí. Pero a menudo esta fórmula también acaba saliendo mal: después de obtener los papeles, el buen chico de allí acaba abandonando a la chica”.

Sentada aquí, en una plaza del Poble Sec, Meriem sigue encajando las miradas curiosas de quien pasa, directas a su velo celeste. “Siempre ocurre lo mismo. Juzgan injustamente, sin darte la oportunidad de que te conozcan. A veces vas a preguntar una dirección y, en cuanto notan que vas hacia ellos, desaparecen. Para algunos seguimos siendo unos moros con los que no quieren sentarse en el vagón del metro”.

Fuente original: http://www.lavanguardia.es/ciudadanos/noticias/20090725/53751907800/mas-jovenes-marroquies-educadas-en-catalunya-rompen-con-los-dictados-tradicionales-de-su-pais.html

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