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MOHAMED6 PIERDE LA ULTIMA OPORTUNIDAD DE GANARSE A LOS SAHARAUIS

9 noviembre, 2010

Rabat solo ha conseguido larvar el conflicto con el Sahara y demostrar que los saharauis al menos merecen ser escuchados, y no aplastados

MOHAMED VI ha cometido un grave error al ordenar el desalojo violento del campamento de protesta levantado en los alrededores de El Aaiún. En su último discurso había puesto muy difícil cualquier salida negociada al conflicto, pero al utilizar la fuerza contra la población saharaui ha demostrado con los hechos dónde se encuentra el verdadero obstáculo, que no es otro que la intransigencia ciega de su régimen. Las víctimas de este asalto, tanto los policías que cumplían órdenes como los civiles saharauis, deben ser atribuidas a la falta de visión de los responsables marroquíes, incapaces de calcular las dimensiones del malestar de la población saharaui que vive en la antigua colonia española. Con esta decisión errónea en vísperas de una ronda de negociaciones organizada por la ONU, Mohamed VI ha dañado gravemente la reputación de su país en este proceso, que espera desde hace 35 años una solución razonable. En estas tres décadas, ningún país ha reconocido la ocupación por parte de Marruecos de un territorio que jurídicamente no le pertenece, y después de que se hayan producido estos graves incidentes en El Aaiún, lo único que ha conseguido Rabat es recordar al mundo que esa disputa existe y demostrar que los saharauis merecen ser escuchados, o al menos no ser aplastados por el Ejército marroquí. El Gobierno socialista, que dio un bandazo en la posición española para pasar a apoyar sin disimulos a Rabat, debería reflexionar a la vista de su fracaso.
La disputa entre Marruecos y el Frente Polisario es de muy difícil solución, y no hace falta recordar las razones de unos y otros para comprenderlo. La opción con la que las dos partes podrían haber salido ganando era una cierta autonomía flexible, encajada de forma específica con Marruecos. Para ello, Mohamed VI debía haberse centrado en la edificación de un Marruecos democrático y abierto que hubiera hecho creíble esa oferta, y sin embargo se ha empeñado en perpetuar las viejas estructuras heredadas de su padre, adaptándolas a los tiempos en lo externo, pero manteniendo las bases de una sociedad sometida a la que se exige fidelidad ciega. Con esta política no logrará jamás atraerse la simpatía de los saharauis, ni tampoco el desarrollo de sus súbditos marroquíes.
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