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UN RECUERDO A AMINETU HAIDAR

3 septiembre, 2008

Aminetu Haidar, víctima de torturas en las cárceles de Marruecos

Durante la lectura del libro Sufrían por la luz me acompañó una constante sensación de asfixia, ansiedad y reclusión. En esta obra, que destaca por el halo poético que impregna su prosa, el escritor tangerino Tahar Ben Jelloun recrea los 18 años que un grupo de jóvenes soldados pasaron presos en unas ínfimas y lóbregas celdas ocultas bajo la superficie del desierto, en la prisión secreta de Tazmamart, por haber participado en un intento de golpe de estado – sin siquiera saber que lo hacían – contra el monarca alauí Hassan II.

Al descubrir la historia de Aminetu Haidar a través de la prensa pensé inmediatamente en el libro de Tahar Ben Jelloun, ya que esta mujer saharaui permaneció durante tres años y siete meses, entre 1987 y 1991, con los ojos vendados, sin ver la luz del sol, retenida en una cárcel de alta seguridad marroquí. Había sido llevada a prisión por el mero hecho de manifestarse en favor de la independencia del Sáhara Occidental.

Durante mucho tiempo deseé conocer a Aminetu Haidar. Había leído acerca de su vida, había visto su rostro en carteles y folletos de asociaciones por los derechos humanos en Marruecos. Sabía que tras padecer años de amenazas por parte de la policía marroquí, en 2005 había vuelto a prisión en El Aaiún para sufrir nuevamente torturas y vejaciones.

Cuando finalmente tuve la posibilidad de entrevistarla, me deslumbró profundamente la parsimonia con que hablaba, la elegancia y dignidad de sus movimientos y la certeza que manifestaba a través de ellos de saberse luchadora por una causa terriblemente dura pero justa, necesaria. Una de esas personas que no dudan en sacrificarlo todo en pos de sus ideales, que no tienen miedo alguno de plantarle cara al poder.

La conocí cuando llegó a España el año pasado para recibir el premio Juan María Bandrés de la Comisión Española de Ayuda a los Refugiados (CEAR), por su “compromiso ejemplar en favor de la lucha del pueblo saharaui por el legítimo derecho a decidir libremente sobre su porvenir”.

La multitud que se congregó en la sala de reuniones de Comisiones Obreras la recibió de pie, con un largo y emocionado aplauso. Sin muestra alguna de resentimiento o acritud, agradeció el apoyo de los españoles y dijo que su sufrimiento era “apenas una pequeña parte del dolor que el pueblo saharaui viene padeciendo desde hace tres décadas”.

“De los años que pasé en la cárcel y de las huelgas de hambre que hice me han quedado graves secuelas físicas. No veo bien, tengo problemas de estómago y de corazón, hemorroides y reumatismo”, me explicó en las oficinas de CEAR. “Pero lo peor son las pesadillas. Desde que salí de la cárcel nunca volví a tener una noche completa de sueño”.

Aunque no elude hablar de los interrogatorios a base de descargas eléctricas, los constantes acosos sexuales y los innumerables abusos que sufrió en prisión, prefiere hacerlo en primera persona del plural para incluir en su relato a los cientos de saharaui que pasaron, o que están pasando, por experiencias similares.

Según señala, en los territorios ocupados por Marruecos más de 500 personas han desaparecido sin dejar rastro, el 25% de las cuales eran mujeres. “El gobierno marroquí arrasa con todo: madres embarazadas, niños, ancianos. Nada lo detiene”, me dijo.»Muchos saharauis han sido arrojados vivos desde helicópteros, tuvieron lugar enterramientos colectivos, abortos forzados, separaciones de madres e hijos, envenenamiento de pozos, destrucción de bienes materiales y casas, robos y exilios forzados».

Cuando fue detenida por primera vez, en 1987, acababa de cumplir 20 años. Hoy tiene 40. Está casada con un saharaui al que conoció en prisión y es madre de dos niños: Mohamed y Hayat. Su pugna, me explicó, es por ellos y por todos los jóvenes del Sáhara, para que puedan vivir libres y en paz, lejos de la política de exclusión y represión que el ejecutivo de Rabat impone en los territorios ocupados respaldado por la posición «ambigua y contradictoria» del gobierno español.

De Madrid viajó al Parlamento Europeo, donde nuevamente dio testimonio del horror que había sufrido. Su historia es similar a la del activista Ali Salem Tamek, que también padeció torturas, y la de tantos otros que se sacrifican por conseguir un destino justo y digno para su pueblo: la creación de la República Árabe Saharaui, y el regreso de los 180 mil saharauis que se encuetran exilados en la Hamada argelina. Justamente el lugar hacia donde me dirijo en estos momentos.

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DERECHOS HUMANOS EN MARRUECOS

17 julio, 2008

Madres saharauis denuncian la desaparición de 15 jóvenes en territorio ocupado por Marruecos

A finales de 2005, un grupo de 15 jóvenes saharauis desapareció en El Aaiún. Las autoridades marroquíes aseguraron que habían muerto ahogados víctimas de un naufragio tras embarcarse en una patera con rumbo a Canarias. En diciembre, las familias de los jóvenes eran informadas por medios oficiosos pero solventes de que sus hijos estaban en manos de las autoridades marroquíes de ocupación en el Sahara Occidental. 
INCLUIMOS LA CARTA DE UNA DE LAS MADRES DENUNCIANTES 

 14:45  

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Una mujer en uno de los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf, Argelia. LA OPINIÓN
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LA OPINIÓN / SANTA CRUZ DE TENERIFE A finales de 2005, un grupo de 15 jóvenes saharauis desapareció en El Aaiún. Las autoridades marroquíes aseguraron que habían muerto ahogados víctimas de un naufragio tras embarcarse en una patera con rumbo a Canarias, informa el Servicio de Comunicación Saharaui en Canarias. En diciembre, las familias de los jóvenes eran informadas por medios oficiosos pero solventes de que sus hijos estaban en manos de las autoridades marroquíes de ocupación en el Sahara Occidental. Las madres tomaron el mando. Se reunieron con todo el que les quiso escuchar, marroquí, saharaui, extranjero y hasta informaron a miembros de Amnistía Internacional en el territorio, a la prensa. Se manifestaron y fueron apaleadas y detenidas. Hoy, las conocen como «las madres del grupo de los quince». Una de ellas, que prefiere guardar el anonimato para evitar represalias, ha hecho llegar una carta al Servicio de Comunicación Saharaui en Canarias (SCSC) pidiendo que se haga llegar tan lejos y a tantos lugares como se pueda. Mientras, sigue esperando el milagro de volver a ver a su hijo:

El Aaiún, cualquier mes de 2008

No sé cómo empezar este escrito. Ni siquiera sé si alguien quiere dedicar unos minutos a escuchar mi desgracia.

Todo comenzó el 15 de diciembre de 2005, cuando me enteré de que mi hijo había sido secuestrado por las autoridades marroquíes. Mi vida se vio envuelta en un camino de dolor y sufrimiento por la desaparición forzosa de mi querido hijo.

He agotado todas las vías «legales», si es que se puede hablar de legalidad cuando los que ocupan nuestra tierra tienen un desprecio total por los derechos humanos más elementales.

He implorado y he suplicado a cualquiera que pudiera tener alguna relación con el caso de mi hijo. He tocado a todas las puertas para saber de su caso. Lo único que he recibido son rumores que me queman el alma y me rompen el corazón: que lo habían trasladado junto a sus compañeros de la cárcel de El Aaiún a otra en Marruecos; que bajo tortura murieron dos del grupo; que otros quedaron discapacitados o mutilados?

Las preguntas me angustian y no me dejan dormir, ¿dónde estará mi hijo?, ¿estará vivo o habrá corrido la peor suerte?, ¿podrá soportar las tristemente célebres torturas marroquíes?,¿cómo son sus noches?…¿y sus días?, ¿cómo puede sucederle esto ami hijo, que nunca ha hecho mal a nadie, ni ha matado a nadie, ni ha robado a nadie?

Su único delito es el haber expresado explícitamente en manifestación pacífica el sentir y el deseo de todos nosotros. Lo que es la realidad. Somos saharauis, no somos marroquíes y reivindicamos nuestro derecho a la autodeterminación e independencia.

Cuando deambulo mirando sin nada que ver, pienso que llegará un milagro, pero los milagros parecen haber roto hace tiempo su alianza con los más débiles.

Me vence la impotencia y me doy cuenta de que mi caso es insignificante para el mundo, que no es más que un número que se añade a tantos otros. Me doy cuenta de que nosotros, los saharauis, valemos muy poco a ojos de un mundo en el que reina la ley del más fuerte.

No me queda más que encomendarme a Dios e implorar con desesperación la justicia divina ya que parece que la comunidad internacional es indiferente a nuestras plegarias.

Aún así, quiero lanzar un grito de desesperación e impotencia con la esperanza de que llegue a oídos receptivos. Para que en este mundo globalizado también se luche por que los derechos humanos se globalicen también y que los saharauis disfrutemos de ellos. En particular, apelo a todos los pueblos de España para que nos estrechen su mano solidaria en la misión de buscar el paradero de mi hijo y sus compañeros.

Puede que un día, ojalá no lejano, me encuentre con mi hijo, tenerle entre los brazos de nuevo y que nuestras vidas recuperen la normalidad. Necesito conseguir que David vuelva a vencer a Goliat.

El caso de mi hijo no es único en el Sahara Occidental. Hay demasiadas madres saharauis que están en la misma situación que la mía.